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La vocación por el servicio público.

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Escrito por Leopoldo Ramírez Alarcón

Todos alguna vez en nuestra infancia dijimos que queríamos ser Presidente de la República para poder arreglar las cosas malas que pasan en Chile y el mundo. A medida que fuimos creciendo, especialmente a finales de la etapa de la educación secundaria, cada uno ha desarrollado diversas vocaciones: las comunicaciones, las ciencias jurídicas y sociales, la salud; son muchas. Todas ellas ofrecen un campo de acción y ejercicio para con y por los demás. Y todas ellas, sin exclusión, requieren de un trabajo en conjunto entre el profesional y una persona o un grupo de ellas.

 

Así las cosas, los campos de acción “en lo público” no se limitan únicamente a la actividad política . Ejemplo de ello lo constituyen los servicios de voluntariado en organismos tales como el Hogar de Cristo, Un Techo para Chile y centenares de instituciones que persiguen los mismos fines: la superación de la pobreza, el mejoramiento del nivel de vida de las personas... Todas ellas apuntan hacia un solo lugar: el bien común . Otra de las actividades en que las personas pueden actuar conforme a su vocación por el servicio público es la política, actividad tan noble y a la vez tan alicaída. Aristóteles , en el Siglo V a.C., definió la actividad política como “ arte de gobernar a la sociedad para llevarla al bien común ”. Si bien es cierto, el filósofo griego no define el concepto de bien común, si lo hace Santo Tomás de Aquino : “ conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección (...) ”. Se desprende de este último concepto, que el bien común no es otra cosa más que los fines propios y esenciales a todos los miembros componentes de la sociedad, tendiendo a su mayor desarrollo espiritual y material posible. En efecto, como decía anteriormente, se concluye que ser político dentro de la sociedad es algo tan importante como el médico a los enfermos o los profesores a los niños.

Yo he elegido la política: creo con toda certeza que este es mi camino. Siento, cada vez que vamos a trabajar donde hay gente de escasos recursos, pero nunca pobre, que la sonrisa de los niños y de las dueñas de casa recompensa el alma. Y digo que son personas de escasos recursos, pero nunca pobres, por que la verdadera pobreza no está en los bolsillos sino en el espíritu . Tenemos un enorme deber moral con la sociedad y, esencialmente, con los más necesitados , en trabajar junto a ellos y por ellos. No es posible que mientras caminemos por las calles veamos gente mendigando; tampoco es posible que mientras nosotros estemos calientitos en nuestros hogares, en el seno de la familia, haya niños que deambulen por las noches, hogares que no puedan acceder a los servicios básicos como el agua y la electricidad; tampoco es posible que en nuestro país existan crímenes impunes e injusticia; tampoco es posible que mientras el Fisco de Chile, aplaudido desde Asia y Europa por ser uno de los países más ricos del mundo, haya gente que muera de hambre, sin atención médica o de frío; tampoco es posible que las mujeres, pudiendo desarrollar las mismas profesiones, artes u oficios, perciban remuneraciones inferiores en un 35%.

En consecuencia, les cuento a todos ustedes: esto es lo que yo elegí. No estoy arrepentido y de seguro nunca lo estaré. Trabajar por los demás enriquece el espíritu y dignifica el alma. Los dedos que nos apuntan y que se ríen de nosotros por haber escogido este camino no son capaces de derrumbar nuestros sueños de jóvenes inquietos e ilusionados . Dichos sueños comenzarán a hacerse realidad tan pronto que ni siquiera nos daremos cuenta. Por favor, si alguien les dice, algún día, que los jóvenes son la sociedad del mañana, interrúmpanlo y díganle: “ los jóvenes no sólo somos futuro, también somos presente ”.

No puedo desaprovechar esta oportunidad para invitarlos a realizar el trabajo mejor pagado, aquel que de seguro nos llevará a la riqueza: trabajar por los demás, por los más necesitados, por los olvidados y por todo aquel que requiera nuestra ayuda. Eso es aquel bichito que ingresa a nosotros y no se va jamás: el verdadero espíritu por el servicio público.

Seamos realistas: pretendamos lo imposible .


 
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