Escrito por Pablo A. Gonzálezdesde Washington
Con un arrojo infantil y una vehemencia que cae en lo patético, muchos políticos chilenos han querido volar con los vientos de la historia y emular las proezas del flamante presidente de Estados Unidos. Obama invitó a los votantes norteamericanos a soñar y los políticos chilenos respondieron soñando con ser Obama. Algunos comentaristas se entregaron incluso a la tarea innecesaria de identificar a su versión chilena; como pontífices confiriendo poderes sacramentales a través de columnas, consagraron prematuramente a uno que otro rostro joven y meritocrático de la escena nacional. La política, lo vemos a diario, es la farándula de los feos.
Barack Obama se ha ganado un sitial de honor en la historia política por su ascenso meteórico y su capacidad de convocatoria. Hay tres características sobresalientes de su campaña presidencial: el uso de Internet, el nivel sin precedentes de pequeñas donaciones privadas y la movilización de voluntarios (los llamados grassroots movements). Los dos primeros son innovaciones; la movilización de voluntarios es, sin embargo, tan antigua como el sufragio universal.
Hillary Clinton organizo su campaña con las armas tradicionales: grandes donaciones de unos pocos pesos pesados, el uso de spots televisivos y concentración territorial en las zonas más pobladas. Obama hizo exactamente lo opuesto: pequeñas donaciones de millares de simpatizantes anónimos, uso del puerta a puerta, agrupaciones a nivel comunal y dispersión territorial. Para quienes no tomaron nota, esta fue la clave de su éxito: los miles y miles de jóvenes convencidos con la pura fuerza de las ideas y el imperativo moral del cambio, quienes inyectaron savia nueva a la alicaída máquina electoral norteamericana, y multiplicaron en cada barrio y en cada puerta la sonrisa convocante del candidato.
En Chile también queremos renovación, energía, savia nueva y meritocracia. Pero el fenómeno Obama es improbable, si no imposible, con dos millones y medio de jóvenes que no votan. De los chilenos menores de 30 años en condiciones de votar, solo un quinto está inscrito. Así, los únicos que pueden introducir aire fresco en la claustrofóbica política chilena se quedan en sus casas, socavando con su apatía la legitimidad de nuestras venerables instituciones republicanas.
En vez de mirarse al espejo para ver cuánto se parecen a Obama, nuestros honorables deberían aprobar ahora mismo la ley de inscripción automática, aceptando con ello el desafío de representar las demandas de un enorme segmento de nuestra población que hasta ahora se ha autoexcluido del proceso político. Yo lo dudo. Es mas cómodo y menos costoso continuar con las viejas consignas y repetir el mismo estribillo para un padrón electoral envejecido que, a estas alturas, transforma a Chile en una gerontocracia.
Una segunda medida necesaria para permitir la renovación de nuestra política es la elección competitiva de los candidatos presidenciales y parlamentarios. Primarias obligatorias, para que los ciudadanos tengan derecho a voz y, con ello, a expresar sus demandas y a debatir ideas. Los candidatos deben someterse a un escrutinio público y explicar sus propuestas antes y después de ser nominados. Mientras más competitivo, el proceso de selección se vuelve más transparente e inclusivo. Si los jóvenes lo perciben meritocrático, participarán en él; si lo perciben incluyente, expresarán sus puntos de vista.
Las elecciones las siguen definiendo quienes votaron en el plebiscito de 1988 y los candidatos los siguen definiendo las cúpulas partidistas entre gallos y medianoche. Mientras eso no cambie, el eje de las discusiones seguirá anclado en el pasado. Los nombramientos “desde arriba” de jóvenes en las campañas de Frei y Piñera son un substituto insuficiente de una renovación autentica. Y de paso nos recuerdan que la democracia participativa que se nos prometió hace cuatro años no fue más que un juego de palabras. La ley de hierro de las oligarquías partidarias permite que los mismos convidados de piedra, con mayor o menor disimulo, se repitan el plato.
Si algunos creen que pueden replicar el fenómeno Obama imitando los detalles superficiales, como las redes de Internet, Facebook o las donaciones online, se equivocan. Esos fueron los síntomas, no las causas, de una corriente subterránea y avasalladora que cambió el rostro de un país entero. La convicción, el entusiasmo y la energía renovadora de miles de jóvenes que espontáneamente se organizaron, decididos a no permitir que se repitan los errores del pasado. Lograron levantar a un líder novato y lo antepusieron a políticos mucho más experimentados y acostumbrados a los pasillos del poder.
Pablo A. González
Corresponsal en Washington D.C.
Jóvenes Líderes
Barack Obama se ha ganado un sitial de honor en la historia política por su ascenso meteórico y su capacidad de convocatoria. Hay tres características sobresalientes de su campaña presidencial: el uso de Internet, el nivel sin precedentes de pequeñas donaciones privadas y la movilización de voluntarios (los llamados grassroots movements). Los dos primeros son innovaciones; la movilización de voluntarios es, sin embargo, tan antigua como el sufragio universal.
Hillary Clinton organizo su campaña con las armas tradicionales: grandes donaciones de unos pocos pesos pesados, el uso de spots televisivos y concentración territorial en las zonas más pobladas. Obama hizo exactamente lo opuesto: pequeñas donaciones de millares de simpatizantes anónimos, uso del puerta a puerta, agrupaciones a nivel comunal y dispersión territorial. Para quienes no tomaron nota, esta fue la clave de su éxito: los miles y miles de jóvenes convencidos con la pura fuerza de las ideas y el imperativo moral del cambio, quienes inyectaron savia nueva a la alicaída máquina electoral norteamericana, y multiplicaron en cada barrio y en cada puerta la sonrisa convocante del candidato.
En Chile también queremos renovación, energía, savia nueva y meritocracia. Pero el fenómeno Obama es improbable, si no imposible, con dos millones y medio de jóvenes que no votan. De los chilenos menores de 30 años en condiciones de votar, solo un quinto está inscrito. Así, los únicos que pueden introducir aire fresco en la claustrofóbica política chilena se quedan en sus casas, socavando con su apatía la legitimidad de nuestras venerables instituciones republicanas.
En vez de mirarse al espejo para ver cuánto se parecen a Obama, nuestros honorables deberían aprobar ahora mismo la ley de inscripción automática, aceptando con ello el desafío de representar las demandas de un enorme segmento de nuestra población que hasta ahora se ha autoexcluido del proceso político. Yo lo dudo. Es mas cómodo y menos costoso continuar con las viejas consignas y repetir el mismo estribillo para un padrón electoral envejecido que, a estas alturas, transforma a Chile en una gerontocracia.
Una segunda medida necesaria para permitir la renovación de nuestra política es la elección competitiva de los candidatos presidenciales y parlamentarios. Primarias obligatorias, para que los ciudadanos tengan derecho a voz y, con ello, a expresar sus demandas y a debatir ideas. Los candidatos deben someterse a un escrutinio público y explicar sus propuestas antes y después de ser nominados. Mientras más competitivo, el proceso de selección se vuelve más transparente e inclusivo. Si los jóvenes lo perciben meritocrático, participarán en él; si lo perciben incluyente, expresarán sus puntos de vista.
Las elecciones las siguen definiendo quienes votaron en el plebiscito de 1988 y los candidatos los siguen definiendo las cúpulas partidistas entre gallos y medianoche. Mientras eso no cambie, el eje de las discusiones seguirá anclado en el pasado. Los nombramientos “desde arriba” de jóvenes en las campañas de Frei y Piñera son un substituto insuficiente de una renovación autentica. Y de paso nos recuerdan que la democracia participativa que se nos prometió hace cuatro años no fue más que un juego de palabras. La ley de hierro de las oligarquías partidarias permite que los mismos convidados de piedra, con mayor o menor disimulo, se repitan el plato.
Si algunos creen que pueden replicar el fenómeno Obama imitando los detalles superficiales, como las redes de Internet, Facebook o las donaciones online, se equivocan. Esos fueron los síntomas, no las causas, de una corriente subterránea y avasalladora que cambió el rostro de un país entero. La convicción, el entusiasmo y la energía renovadora de miles de jóvenes que espontáneamente se organizaron, decididos a no permitir que se repitan los errores del pasado. Lograron levantar a un líder novato y lo antepusieron a políticos mucho más experimentados y acostumbrados a los pasillos del poder.
Pablo A. González
Corresponsal en Washington D.C.
Jóvenes Líderes
Jóvenes Líderes 













Comparto plenamente contigo!, es una verguenza que hayan más de 2.5 millones de jóvenes que no votan porque "les da lata"!
Suena perfecto la inscripción automático, pero no lo creo posible por el simple hecho que no les conviene escudándose en excusas como "es muy costosa la implementación" cuando todos sabemos que es por comodidad y posibles perjuicios.
Espero, sinceramente, que los candidatos que han optado por incluir a jóvenes dentro de sus campañas sea real y tenga voz dentro de sus comandos.
Ojalá Jóvenes Líderes en un futuro se mueva al sector político para cambiar el modo en que se hacen las cosas actualmente.
Saludos,
Francisco Ramírez