Escrito por Alberto HerreraTengo una espina clavada y esa es no haber aprovechado mi periodo universitario al máximo y quizás, pecando de patudo, creo que puede ser responsabilidad de los docentes, no todos claramente, pero sí la mayoría.
Con el tiempo he llegado a entender, entre tantas otras cosas, que mi paso por la universidad fue vegetativo, que sólo absorbí conocimientos, al igual como lo hace una planta con el agua. En ningún momento tuve la oportunidad ni el estímulo de defender mis propios pensamientos, no lo consideraba relevante. Que pena, que manera de malgastar el dinero. Me acuerdo de tantas cosas en este momento, como por ejemplo que es imposible generar una discusión en clases sin lidiar con las caras de tres metros de algunos, diciendo con la mirada, “ya va atrasar todo, que latero”. Pero en verdad lo que más desmotiva es que algunos educadores no permitan pensar distinto, porque si eso sucede se sienten agredidos y hacen lo imposible por ridiculizar. El ego… ¡uff!, que problemas genera el ego. Me encantaría retroceder a esa época.
Desde mi perspectiva actual, creo que las universidades deberían ser el pabellón de las ideas, el lugar en donde el país saque las soluciones para conducir la nación. ¿En qué parte se puede estar todo el día aprendiendo, estudiando, investigando, pensando, dialogando, experimentando, debatiendo, discutiendo si se quisiera? La respuesta es obvia. En ese sentido las reales universidades son pocas.
No quiero desmerecer las mejoras que muchos planteles educacionales se esfuerzan por implementar, porque evidentemente las hay, pero creo que nos enseñan con mucho hincapié la parte teórica del estudio, a retener información de memoria y no nos hacen críticos de lo que se está aprendiendo, como si en verdad estuviera todo dicho. Tengo la convicción de que alguien que no crea casi ciegamente en lo que piensa, mal podría entregar un mensaje, ni menos podría tomar decisiones, que es finalmente lo que más cuesta y es en realidad el recurso más valorado a la hora de evaluar un trabajo, sea del ámbito que éste sea. Cuando uno encuentra esa opinión, halla al fin el motor que lo conduce a ser un buen profesional, porque quiere luchar por imponer sus ideas, y si se le enseña bien, aprenderá también a callar cuando se deba, sabrá caerse y entenderá la equivocación como un proceso de crecimiento, una real oportunidad para ser más potente, más grande, más experto.
Los profesores son los que pueden mejorar lo que hay, pero para eso deben ser bien pagados, pues debería ser atrayente para quien pueda tener las condiciones y quiera llevar un buen nivel de vida. Por otra parte, las universidades no pueden desaprovechar sus talentos y atención, porque los talentos no son sólo los que responden todo correcto, también (y más potentes aún) son los que tienen las herramientas para desenvolverse en la sociedad, los que arrastran un historial de persuasión, los que han sido consecuentes, los que saben aprender de los errores, los que no se complican al tomar decisiones. Es cierto, muchas de esas cosas no se enseñan ni se pueden aleccionar en las aulas, pero si se identifican se pueden potenciar. En definitiva, las universidades necesitan crear líderes. Piensen que los alumnos son el futuro del país, que incluso pueden direccionar la evolución de la humanidad. La responsabilidad que tienen en sus manos es gigante, la labor que ustedes realicen puede ser trascendental.
En 20 años más, quizás menos, mi generación -la de los inicios de los '80- estará dirigiendo el buque-país . Creo que deberíamos ir preparándonos para asumir el rol y no insistir en algunos errores. Necesitamos vivir más y mejor.
Jóvenes Líderes 












