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En exclusiva la Directora Ejecutiva de Trabajando en la Calle: Soledad De Gregorio

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Soledad De Gregorio La directora ejecutiva de Trabajo en la Calle y Consejera de Jóvenes Líderes explica que probablemente los campamentos no se terminen porque las familias ven su llegada a ellos como un paso de crecimiento, salen de su condición de allegados.

María José Errázuriz L.

Son todos jóvenes y están en “la calle” desde hace varios años, aunque técnicamente están en los campamentos. Ex alumnos del Saint George, trabajan intensamente buscando sacar de esa realidad a centenares de chilenos que probablemente pasarán mucho frío este invierno.

La labor no es menor porque, tal como señala Soledad de Gregorio Aninat, al frente de la Fundación Trabajo en la Calle desde marzo de este año, implica ante todo hacer visible una realidad que muchos prefieren no ver.


Concentrados en 5 campamentos y una villa, estos jóvenes pretenden sacar de la pobreza a un grupo que vive en permanente vulnerabilidad y con el temor presente de volver a caer en una situación de escasez.

-Trabajos en la calle se realizan desde hace décadas; lo hacía el Padre Hurtado. La pregunta hoy es ¿cuánto ha cambiado esa realidad, qué es lo distinto?
“Lo distinto es que ya no se está viendo, por eso nuestro lema es ‘cambiar el Chile invisible'. Los megacampamentos están casi siendo sobre intervenidos porque molestan, porque se ven, porque van en contra de lo que desea el alcalde.
“Cada vez se trata de campamentos más chicos, microcampamentos de menos de 25 familias, en terrenos que son de nadie y están escondidos. No hay políticas diseñadas para ellos y la pobreza es mucho más dura y es más difícil sacarlos de ahí”.

-¿Se trata de una pobreza mucho más golpeada por adicciones?
“Sí, adicciones y abusos, hay mucha violencia dentro.
“No sé si hay más adicciones que hace años atrás, pero ha cambiado esta pobreza. Antes estaba en la calle y se le veía; antes los campamentos y poblaciones estaban al lado y uno los veía; ahora están cada vez más lejos y escondidos y por lo mismo, es más difícil sacarlos de ahí”.

-Se habla mucho del chileno solidario. ¿Es verdad o se ha hecho insensible a esta realidad, especialmente por la política de segregación que se está aplicando?
“No creo que el chileno se haya hecho más insensible, sólo creo que le toca verla pobreza menos y por lo mismo, no la asume tan directamente; lo hace vía otras maneras como decir doy tanto a una fundación mensualmente y con eso se quedan contentos”.

-Pero, ¿hay segregación? Porque lo que muestra la película “Machuca” hoy no se da.
“No, nooo, no se ve y de hecho, en general, nosotros estamos viendo que nuestro trabajo se está yendo cada vez más lejos. Antes podíamos estar en Lo Barnechea y probablemente muy pronto estemos en Buin y Colina porque es donde están ubicados hoy los microcampamentos. Los que están ubicados en el barrio alto o están todos intervenidos o ya no están”.

-¿Cómo lo explicas? ¿Por qué el chileno no quiere ver la pobreza cerca suyo?
“Creo que más que no los quiere cerca suyo es porque están cerca mío me afectan más y los ayudo más y salen de ahí. Los que están lejos no los veo, no los ayudo. Por eso nuestro trabajo es hacerlos visibles”.

-Después de tantos años, con tantas fundaciones trabajando en la calle, algunos pueden tener la sensación de que esta realidad es inalterable.
“Nosotros formamos una comisión que llamamos ‘comisión futuro' para evaluar los años que vienen, ver cómo se va a mover la pobreza. Trabajaron un montón de expertos y una de las conclusiones fue que, probablemente, los microcampamentos no se acaben, no, por lo menos, en el corto plazo.
“La idea de un Techo para Chile de llegar al Bicentenario sin campamentos es muy difícil porque irse a un campamento es un paso para las familias; o sea, las parejas se casan, tienen guagua, viven hacinados con los padres o de allegados y cuando les llega el dato de que hay un espacio, se van e instalan la mediagua y se quedan ahí”.

-¿Eso los perpetúa?
“Es porque en el minuto que te quieres ir de tu casa no tienes dónde irte; no conocen bien las políticas para optar a casas y se van pasando los datos de dónde hay terrenos vacíos que se puedan ocupar.
“O lo que está pasando mucho que es que cuando una familia deja un campamento lo ‘hereda' o, incluso, venden las mediaguas a otra. Más que desaparecer lo que nosotros estamos buscando es que este paso de pasar de una mediagua a una casa sea más rápido. Trabajar con el grupo de familia de un microcampamento para que salgan de ahí; lo que nosotros buscamos es empoderarlos”.

-¿Puede explicar que esta realidad se perpetúe el hecho de que aunque se salga de esa situación se queda tan vulnerable que es muy fácil volver a caer?
“En general, sí, con las políticas actuales pasa mucho, por eso, insisto, nuestro trabajo es empoderarlos, darles más herramientas. En cierta forma, obtener una vivienda es una excusa ya que paralelo a ello trabajamos en tres dimensiones más que es organización comunitaria, ahorro y redes, es decir, que la persona salga de ese estado sabiendo organizarse, contactándose las redes locales y sabiendo ahorrar”.

-¿En qué está fallando el Estado?
“Hay políticas que no están llegando a estas personas…”

-Pero si está Chile Barrio, el programa Puente.
“Chile Barrio hizo un catastro y confirmó que en los campamentos donde trabajó lograron erradicarlos, pero aparecieron miles de otros que no fueron capaces de incluir en esa política, por eso, se habla de un posible Chile Barrio 2. Esto es un trabajo muy difícil y nunca va a ser perfecto, pero todas las medidas que se han ido adoptando son un paso positivo”.

-¿Y en que está fallando la sociedad?
“Nos falta conciencia, nos faltan voluntarios, personas con ganas de ir a meterse ahí. No se trata sólo de plata, se necesita gente que se motive con esto, que de verdad se crea el cuento porque uno le puede vender las mediaguas a las empresas y felices todos, pero si uno les trata de vender una participación mucho más cualitativa (voluntariado) y se complican mucho más. Se trata de una cosa más de fondo, de largo plazo, que es trabajar semana a semana con las personas para empoderarlas”.
La Fundación nació en 1993 al alero del Saint George. Fue en este colegio católico donde un grupo de jóvenes comenzó a trabajar en la calle y campamentos, buscando tender una mano a los más pobres.

En 1998, en memoria de un ex alumno muy querido que falleció trágicamente en un accidente automovilístico, el trabajo que se hacía se oficializó bajó el nombre de Fundación José Manuel Trivelli, pero luego el nombre fue cambiado para graficar mejor la labor que se hace.

-¿Qué los impulsó?
“El Saint George se caracteriza por hacer mucho trabajo solidario y uno de los proyectos se llamaba ‘trabajo en la calle' que consistía en ir una vez a la semana, en la noche, a darle de comer a la gente que vive en la calle y compartir con ellos. Esto lo hacía un grupo de alumnos de 3ero y 4to medio, pero les surgió la inquietud de hacer algo más a largo plazo, más allá de los trabajos de verano e invierno que se hacen. Entonces se pusieron a investigar, se encontraron con los microcampamentos y dijeron aquí está lo nuestro, aquí hay gente que necesita un compromiso mayor ”.

Soledad de Gregorio explica que en la actualidad sólo interactúan en cinco comunas de Santiago: en campamentos de La Florida, Peñalolén, Independencia, Estación Central y Renca y en una villa de Puente Alto donde se fue a vivir un grupo de familias que estaba en la quebrada Macul.

Son campamentos con un máximo de 25 familias, aunque en la quebrada Macul, donde hace unos años hubo un aluvión, hay 42 familias. “Se trata de un campamento que lleva mucho tiempo y algunas familias que por nada del mundo se quieren ir”, dice.

-¿Se encuentran con muchas familias que prefieren seguir en esa situación?
“Sí, sobre todo cuando se trata de un terreno que no tiene propietario particular, sino fiscal. Macul es una zona de exclusión, pero aún así las personas no quieren salir; lo habitan a la mala y nadie los saca”.

-¿Puede ser que no quieran salir de esa condición porque les llega mucho apoyo social?
“En el caso de microcampamentos no se da tanto. Están colgados de todos los servicios básicos e incluso hay algunos que tienen hasta cable y reciben algunos subsidios sociales que podrían recibir en una villa, pero ahí tendrían que empezar a pagar cuentas, cosa que nunca han hecho.
“Ellos no tienen conciencia del ahorro, reciben algo de plata y la gastan altiro, en general, y cuesta mucho sacarlos de ahí porque los proyectos sociales de erradicación les resultan muy largos y si a medio camino, el proyecto se cae, se gastan todo lo ahorrado. Es un círculo vicioso y nosotros casi les confiscamos la libreta (se ríe)”.

Soledad explica que el trabajo de la fundación se hace con unos 50 voluntarios universitarios, aunque con los no permanentes suman casi cien y no todos son ex alumnos del colegio. Sin embargo, hay cuatro funcionarios estables que hacen todo el seguimiento de la labor, capítulo operativo que necesitan financiar.

-¿Lo que buscan ustedes es cambiarles el estilo de vida?
“Empoderarlos, se busca que ellos de verdad puedan ser ciudadanos activos, que sientan que son actores de su vida. Se busca darles herramientas que debieran poder pararlos en cualquier parte y salir adelante”.

-Cambiarles el modo de pensar…
“Sí, hacerlos más activos”.

-Insisto, ¿están pasivos porque muchas veces reciben ayuda que los acomoda?
“En parte sí, quizás en eso nos diferenciamos de Un Techo para Chile; ellos dan una vivienda y muchos se quedan”.

-¿Por qué no se sumaron al trabajo que hacía Un Techo?
“Nosotros partimos antes con esta idea y en lo que se refiere a trabajo en microcampamentos ellos nos han ido copiando el estilo. Lo ideal sería trabajar en conjunto, pero es un poco difícil porque trabajamos distinto, con objetivos distintos.
“Nosotros somos anti asistencialismo, en general, nunca les damos nada y en Un Techo se le entrega la mediagua o cuando la familia no le alcanza para el subsidio, le entregan el aporte para que no se caiga del comité y el proyecto; nosotros no tenemos plata para eso por los que salen de esa situación de verdad han ahorrado y por eso, no vuelven”.

Soledad asegura que han alcanzado un know how muy grande sobre cómo se debe trabajar en campamentos y por eso, hoy buscan hacerse más visibles. Durante el 2008 quieren asumir 5 campamentos más, porque si bien ser chicos es una ventaja, las necesidades hacen urgente que se agranden.

-¿Qué logros los satisface?
“Nosotros no sólo trabajamos con los adultos, sino que también con los niños y desde el 2004 hemos conseguido, a través del juego, hacerlos partícipes del cambio y en cierta forma estamos cambiando a las generaciones más jóvenes”.

-Una intervención temprana, ¿eso sí corta el eslabón?
“Sí, de todas maneras. La idea es que desde niños sean esos sujetos empoderados que puedan actuar.
“Lo otro que nos tiene orgullosos es que nos ganamos un fondo NESsT que otorga el banco ABN AMRO y que nos permitirá convertirnos en una entidad de gestión inmobiliaria social, o sea, vamos a poder llevar adelante nosotros mismos los proyectos de vivienda. Asumimos este desafío porque la oferta para los microcampamentos no es muy adecuada”.

-¿Empezar a construir?
“Claro, y eso es un gran salto”.

-¿No es muy arriesgado?
“Sí, pero nos creemos capaces de poder hacerlo y además, hay dos maneras que es a través de viviendas nuevas y otras usadas, por donde creemos que podemos partir ya que es más fácil buscarle a cada familia una casa ya construida”.
Todo el mundo la conoce y llama por “Soleca”. El sobrenombre se lo puso su abuela materna, porque a su progenitora, Soledad Aninat, ya le decían Sol y no le gustaba el diminutivo Sole.

Hija del presidente del Banco Central, José de Gregorio, cuenta que cuando vivió en Estados Unidos, de pequeña, su sobrenombre se impuso y nadie sabía el verdadero. “Crecí, y hasta los 9 años todo el mundo pensaba que me llamaba Soleca”.

Tiene 23 años y está a una semana de dar su examen de grado de Psicología en la Universidad Católica. Confiesa, entre risas, que ha estudiado poco porque entre la Fundación y su trabajo en una consultora –donde hizo la práctica y se quedó en jornada completa- no ha habido mucho tiempo.

-¿En qué momento te haces cargo de la fundación?
“En todos los momentos libres que tengo, a la hora de almuerzo; nos juntamos los fines de semana”.

-¿Cómo llegaste a la fundación?
“En la universidad… el 2002.

-¡No en el colegio!
“Es que se requiere mucha más independencia para poder irse a meter a microcampamentos, por eso apuntamos a voluntarios recién salidos del colegio”.

-¿Cuánto se resintieron tus estudios?
“Es… que… siempre he sido matea, aunque no le dediqué todo lo que debí, pero me fue bien y me encanta lo que hago”.

-¿Sufrió… el pololo?
(Baja la voz hasta hacerla casi inaudible) “No ha sufrido mucho porque está en Estados Unidos desde el 2005”.

-¿Y funcionan los pololeos a distancia?
“Sí, viene harto y hablamos todos los días por Skype”.

-¿O sea, agradeces su partida?
“Es que él ahora está acá, se tomó este semestre para hacer la práctica acá y hemos sabido equilibrar las cosas. Divido mi tiempo entre mi trabajo, la fundación, estudiar para el examen de grado y el pololeo… todo se puede”.

-¿Tu vocación de servicio público la marcó más tu colegio (Saint George) o tu padre?
“No, creo que es una mezcla, siempre lo he visto a él metido en cosas públicas, a mi abuelo y mis primos. Siempre lo vi en mi familia y el colegio también lo daba, así que fue una mezcla de las dos cosas”.

-¿Y cómo manejas la exposición pública de tu padre? ¿Te genera conflicto?
“No tanto, mi papá es político, pero está más metido en lo técnico, siempre ha sido académico y todo lo hace con 100 estudios detrás. No está en el comidillo político y no he sufrido tanto”.

Reconoce que no tiene claro cómo se proyecta a futuro. Le gusta mucho el área de recursos humanos, lo laboral organizacional, pero también le fascina el servicio público. “No sé cómo voy a lograr conjugar las dos cosas”, confiesa.

-Y en el aspecto personal ¿tienes planes para casarte?
“Sí, sí”.

-¿Están comunicados?
“Sí, pero no es luego. Él termina en un año más, se viene y ahí veremos…”

 
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